Caminando
por la calle,
me
encontré un gato negro,
lo
contemplé largamente
y
él también me contempló.
Nos
miramos a los ojos,
me
miró directo al alma,
me
hicieron evocarte.
Tus
ojos no son esmeralda
como
los de aquel gato,
son
del color del felino mismo,
tienen
su misma profundidad.
Los
ojos de aquel gato
son
ecuánimes y fríos,
al
igual que los tuyos
que
son estoicos e impasibles.
Tienes
ojos de obsidiana,
lóbregos
y profundos,
misteriosos
y graves,
arrogantes
y bellos.
Sin
dudarlo ni un segundo,
me
llevé al gato a casa
imaginando
que eras tú.
Al
poco tiempo se fue,
jamás
pude poseer
a tan bello y salvaje felino,
da igual, querido mío,
que aquel minino me abandone,
sí dejé que tú me abandonaras,
¿qué más da otro abandono?

No hay comentarios:
Publicar un comentario