Era una tarde
de septiembre, estaba a punto de caer la noche y afuera solo se escuchaba el
ensordecedor ruido de una tormenta y de cuando en cuando un trueno se escuchaba
a lo lejos, iluminando las habitaciones de esa, su casa, la casa donde Mateo
vivía solo, una casa enorme para un muchacho como él, una casa tan solitaria,
tan silenciosa con apenas lo necesario para vivir cómodamente. Constaba de una
habitación mediana con una cama, un escritorio y una computadora empolvada que
había dejado de usar hace ya muchos días, en la habitación, también había un
librero lleno de varios textos de filosofía, de Cortázar y demás autores.
Además, la casa de Mateo constaba de un pequeño comedor que era parte de la
sala, es decir, una sala-comedor, la parte de la sala solo constaba con un
sillón que tenía tres lugares, él siempre ocupaba el del centro, el cual ya
estaba un poco hundido y desgastado y los dos espacios a los lados albergaban a
veces libros, a veces CD’s, a veces comida y la mayoría de las veces,
albergaban solo aire y silencio. Mateo era un muchacho de 18 años, muy delgado,
con cabello largo hasta media espalda de color castaño bastante bien cuidado,
ojos cafés y la tez morena, usaba lentes desde pequeño y disfrutaba pasar el
tiempo leyendo libros de Filosofía y también le apasionaba leer a Cortázar. Esa
tarde, se encontraba sentado en su mesa, con una taza de café negro que tanto
disfrutaba beber cuando leía o simplemente se quedaba solo con sus
pensamientos. Estaba completamente solo, escuchando la lluvia caer, no le
gustaba ese sonido, le recordaba a ella, a Natalia, ella amaba ese sonido y él
la amaba a ella, su vida había cambiado por completo desde que ella lo dejó sin
darle más explicaciones, así que se levantó de la mesa, encendió su estéreo y
puso el primer casete que encontró, comenzaron a sonar las notas del primer
nocturno de Chopin, suspiró y apagó de inmediato el estéreo. Se dirigió a su
habitación con esa melodía en la cabeza y esa mujer atravesada en los párpados,
en la garganta más que nada… y le dolía… y se tragaba el nudo intentando deshacerlo,
pero volvía a aparecer cada vez con más fuerza y entre más vehementemente
intentaba deshacerlo, más violentamente aparecía y amenazaba con hacerlo
estallar en llanto. Abrió la puerta de su cuarto y al entrar la cerró tras de
sí, se tiró a la cama y sacó un libro de debajo de la misma: Jaime Sabines…
¡todo le recordaba a ella!, de pronto un mar de recuerdos se le vino a la
mente, inundándola, arrasando con todo y sin evitarlo, sus ojos comenzaron a
drenar esa violenta inundación… recuerdo tras recuerdo aparecían en su cabeza,
nadando en su cerebro, saliendo por sus ojos, vívidas imágenes de momentos
felices pero también de momentos dolorosos que acribillaban su corazón y
quebrantaban su comodidad y su felicidad… durante meses había tenido estos
episodios de recuerdos y de nostalgia. Harto de esto, salió a su balcón, se
subió a la baranda, empapándose por la lluvia que acariciaba su rostro y
empapaba sus largos cabellos, se quitó los anteojos y los botó lejos, cerró los
ojos y se aventó, cayendo dos pisos abajo, quedando inconsciente, pero vivo…
Días después despertó en el hospital, su madre al verlo lloró de alegría y lo
abrazó muy fuerte, Mateo no dijo nada, solo la abrazó con extrañeza… después de
todo, ya no recordaba ni quién era él mismo…y fue feliz de nuevo.sábado, 11 de octubre de 2014
Recuerdos
Era una tarde
de septiembre, estaba a punto de caer la noche y afuera solo se escuchaba el
ensordecedor ruido de una tormenta y de cuando en cuando un trueno se escuchaba
a lo lejos, iluminando las habitaciones de esa, su casa, la casa donde Mateo
vivía solo, una casa enorme para un muchacho como él, una casa tan solitaria,
tan silenciosa con apenas lo necesario para vivir cómodamente. Constaba de una
habitación mediana con una cama, un escritorio y una computadora empolvada que
había dejado de usar hace ya muchos días, en la habitación, también había un
librero lleno de varios textos de filosofía, de Cortázar y demás autores.
Además, la casa de Mateo constaba de un pequeño comedor que era parte de la
sala, es decir, una sala-comedor, la parte de la sala solo constaba con un
sillón que tenía tres lugares, él siempre ocupaba el del centro, el cual ya
estaba un poco hundido y desgastado y los dos espacios a los lados albergaban a
veces libros, a veces CD’s, a veces comida y la mayoría de las veces,
albergaban solo aire y silencio. Mateo era un muchacho de 18 años, muy delgado,
con cabello largo hasta media espalda de color castaño bastante bien cuidado,
ojos cafés y la tez morena, usaba lentes desde pequeño y disfrutaba pasar el
tiempo leyendo libros de Filosofía y también le apasionaba leer a Cortázar. Esa
tarde, se encontraba sentado en su mesa, con una taza de café negro que tanto
disfrutaba beber cuando leía o simplemente se quedaba solo con sus
pensamientos. Estaba completamente solo, escuchando la lluvia caer, no le
gustaba ese sonido, le recordaba a ella, a Natalia, ella amaba ese sonido y él
la amaba a ella, su vida había cambiado por completo desde que ella lo dejó sin
darle más explicaciones, así que se levantó de la mesa, encendió su estéreo y
puso el primer casete que encontró, comenzaron a sonar las notas del primer
nocturno de Chopin, suspiró y apagó de inmediato el estéreo. Se dirigió a su
habitación con esa melodía en la cabeza y esa mujer atravesada en los párpados,
en la garganta más que nada… y le dolía… y se tragaba el nudo intentando deshacerlo,
pero volvía a aparecer cada vez con más fuerza y entre más vehementemente
intentaba deshacerlo, más violentamente aparecía y amenazaba con hacerlo
estallar en llanto. Abrió la puerta de su cuarto y al entrar la cerró tras de
sí, se tiró a la cama y sacó un libro de debajo de la misma: Jaime Sabines…
¡todo le recordaba a ella!, de pronto un mar de recuerdos se le vino a la
mente, inundándola, arrasando con todo y sin evitarlo, sus ojos comenzaron a
drenar esa violenta inundación… recuerdo tras recuerdo aparecían en su cabeza,
nadando en su cerebro, saliendo por sus ojos, vívidas imágenes de momentos
felices pero también de momentos dolorosos que acribillaban su corazón y
quebrantaban su comodidad y su felicidad… durante meses había tenido estos
episodios de recuerdos y de nostalgia. Harto de esto, salió a su balcón, se
subió a la baranda, empapándose por la lluvia que acariciaba su rostro y
empapaba sus largos cabellos, se quitó los anteojos y los botó lejos, cerró los
ojos y se aventó, cayendo dos pisos abajo, quedando inconsciente, pero vivo…
Días después despertó en el hospital, su madre al verlo lloró de alegría y lo
abrazó muy fuerte, Mateo no dijo nada, solo la abrazó con extrañeza… después de
todo, ya no recordaba ni quién era él mismo…y fue feliz de nuevo.
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