En un jardín
de una pequeña iglesia,
la hierba
crece muy verde y muy sana,
las rosas
blancas florecen hermosas
y el aire
huele a dulce ambrosía.
Las abejas
revolotean alegres
llenándose
todo de polen el cuerpo,
un gato anda
entre la hierba con garbo,
¡qué bella
escena la que mis ojos ven!
Pero de
pronto algo captó mi atención,
aislado de
todo, en una esquina,
un pequeño
arbusto se volvió la adicción
y el deleite
de mi sentido de la vista.
Estaba lleno
de espinas… era su protección.
Recorriendo
despacio con la mirada,
aquel arbusto
espinado y opaco,
en su punta,
coronándose como una reina,
había una
rosa roja, exquisita,
abierta y
despidiendo olor a vino.
Está bien
protegida por sus espinas,
nadie se
atreve a arrancarla de su arbusto.
En ese jardín
de blancas rosas,
aquella roja
rosa resalta y gobierna.
Sin embargo a
pesar de tan bella flor,
mis ojos
derramaron una lágrima,
no de
embelesamiento, sino de rabia.
¡Qué perra la
vida que se encarga de aislar
a las cosas
bellas, a las diferentes...
qué perra la
vida que aísla y asesina a los distintos!

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