viernes, 22 de agosto de 2014

La rosa

En un jardín de una pequeña iglesia,
la hierba crece muy verde y muy sana,
las rosas blancas florecen hermosas
y el aire huele a dulce ambrosía.
 
Las abejas revolotean alegres
llenándose todo de polen el cuerpo,
un gato anda entre la hierba con garbo,
¡qué bella escena la que mis ojos ven!

Pero de pronto algo captó mi atención,
aislado de todo, en una esquina,
un pequeño arbusto se volvió la adicción

y el deleite de mi sentido de la vista.
Estaba lleno de espinas… era su protección.
Recorriendo despacio con la mirada,

aquel arbusto espinado y opaco,
en su punta, coronándose como una reina,
había una rosa roja, exquisita,
abierta y despidiendo olor a vino.

Está bien protegida por sus espinas,
nadie se atreve a arrancarla de su arbusto.
En ese jardín de blancas rosas,
aquella roja rosa resalta y gobierna.

Sin embargo a pesar de tan bella flor,
mis ojos derramaron una lágrima,
no de embelesamiento, sino de rabia.

¡Qué perra la vida que se encarga de aislar
a las cosas bellas, a las diferentes...

qué perra la vida que aísla y asesina a los distintos!

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